Espectaculo nocturno Nunca habia sentido tanto placer Era ya noche cerrada, más o menos medianoche, pero lo cierto es que había claridad para identificar los objetos ya que la luna llena iluminaba todo. Mi amiga Lorena estaba al volante del coche, esperando junto a mí a que llegase mi novio. -Seguro que tarda un buen rato. Llevamos aquí cinco minutos y ya verás como nos toca esperarle al menos media hora, como la última vez -dijo Lorena. Ella es de estatura media, castaña oscura, cuerpo muy bien formado, destacando unos enormes y jugosos pechos, tez morena y sonrisa fácil. Yo estaba en el asiento del copiloto. A diferencia de mi amiga soy castaña clara, casi rubia, un poco más alta que ella, con menos pechos pero con un trasero que creo impone e impresiona a todo aquel hombre que lo ve; reconozco que es mi punto fuerte. -No te preocupes; ya estamos acostumbradas a esperarle, ¿no? -le contesté. Nos encontrábamos aparcadas junto a la acera, al lado del lugar más apartado del paseo marítimo y a unos cincuenta metros del apartamento de mi novio. La farola más cercana apenas alumbraba el lugar donde nos encontrábamos y las palmeras del paseo marítimo casi no proyectaban su sombra. No se veía a nadie por allí, dado lo apartado del lugar, así como por ser un miércoles del mes de marzo. Lo cierto es que hacía algo de frío y una ligera brisa proveniente del mar. -Joder, tu novio es un coñazo. Es un muermo y lo sabes. -me dijo Lorena -Será todo lo buen tipo que quieras, pero es aburrido a más no poder. -Venga, déjalo. Es muy buena gente y además, en la cama cumple -le respondí. -¿Cumple? ¿Segura? Estoy convencida que tú le llamas cumplir a que él se corra lo antes posible. -Mejor cambiamos de tema, ¿eh? -Como quieras. Nos callamos y distrajimos nuestras miradas en el paseo. Vi como desde el cercano final del paseo marítimo se acercaba una pareja. -Míralos que románticos -dijo Lorena. A medida que se acercaban, distinguimos sus facciones. Él era un chico alto y fuerte, de pelo corto y aspecto muy varonil, casi rudo diría yo. Ella era más bien lo contrario: delgada y delicada, como una muñeca de porcelana. Llegaron andando en la casi oscuridad y se pararon junto a una palmera que había a unos diez metros de donde nos encontrábamos; comenzaron a besarse, primero suavemente, con mucha ternura, y luego con mayor pasión. Era evidente que no podían vernos, ya que nosotras estábamos con las luces apagadas y muy calladas. -¡Ja, ja, ja! -rió Lorena- Míralos, joder que ganas. ¿Tu querido novio Esteban también besa así? Yo hice como si no hubiese oído nada y continué mirando a la recién llegada pareja. Era evidente que Lorena y yo estábamos empezando a sentirnos muy interesadas con el espectáculo que nos estaba brindando la pareja. Empezaron a magrearse; él acariciaba el trasero de ella con movimientos rítmicos y pausados, mientras que ella le había metido una mano por debajo de su jersey y le masajeaba sus fuertes pectorales, todo ello a la vez que se propinaban un beso intensísimo y ciertamente húmedo. Lorena se removió un poco en su asiento; parecía algo inquieta y vi que sus ojos brillaban mientras no se perdía detalle de la faena que se producía a escasos metros. La pareja estaba calentándose a marchas forzadas: él ya no se limitaba a masajear el culo de ella, lo que estaba haciendo era literalmente amasarlo, a la vez que ella le friccionaba el paquete como una posesa. Lorena bajó un poco la ventanilla, supongo que con la intención de oír a la desconocida pareja. Y vaya si los podíamos oír. Se escuchaban entrecortados jadeos, sólo interrumpidos cuando juntaban sus lenguas. La chica gemía muy bajito pero con sonidos muy agudos, como una especie de ratoncillo, mientras que él soltaba jadeos profundos como si le costase respirar. Entonces Lorena hizo algo que me sorprendió, ya que nunca antes se había dado la misma situación: introdujo una mano por debajo de su jersey y comenzó a masajear sus pechos. Tuve un impulso de decirle ¿pero que haces?, aunque creo que en el fondo la situación me pareció altamente morbosa y la dejé hacer sin inmiscuirme. La pareja arreciaba en sus toqueteos; vaho espeso salía de sus bocas muy a menudo, ya que también muy a menudo tenían sus bocas abiertas, gimiendo de placer. De repente, oímos con él decía: -Estoy muy cachondo; chúpame la polla. Lo dijo con total rotundidad, como una orden que no aceptara una negativa. Lorena, al oír aquello, pego un ligero respingo y se mordió la parte inferior de sus labios, a la vez que entrecerraba sus ojos. Lo cierto es que yo también me estaba poniendo caliente, pero mis prejuicios me impedían casi ni tan siquiera mirar a mi amiga. De cualquier forma notaba como mi coño chorreaba; sentí como si incluso mi pantalón estuviera completamente empapado. -Chupa, guarra. Las palabras del chico a su pareja hicieron que otro escalofrío recorriera el cuerpo de Lorena. La calentura que ella parecía sentir era impresionante. Yo no me considero lesbiana, ni tan siquiera bisexual, pero la verdad es que en ese momento no sabía que me excitaba más, si ver la imagen de la pareja teniendo sexo oral, o ver el rostro de mi amiga desencajado por el deseo. Fijé mi mirada en la pareja. Ella succionaba con auténtica pasión el enorme nabo de su chico. Lo cierto es que era enorme y muy bien plantado. Los músculos de su cintura estaban perfectamente perfilados, siendo una maravilla como esa cintura desembocaba en su también musculada ingle y como de esa ingle crecía un potentísimo pene. Los movimientos de cabeza de la chica eran desenfrenados; parecía como si la vida le fuera en lubricar con su boca ese enrome palo. Escupía hacia el pene y acto seguido se lo introducía hasta la garganta; se lo tragaba casi por entero, ya que era imposible hacerlo en su totalidad. Mientras, con su mano se frotaba la vagina. Su humedad se podía percibir en el aire. Miré a mi izquierda al oír como una cremallera era bajada; era Lorena abriéndose el pantalón. Deslizó su mano a través de su braguita y comenzó un movimiento pausado mientras seguía mordiéndose el labio inferior. Yo era capaz de oler los efluvios de su coño y eso creo que acabó por dominar mi timidez, así que yo también decidí tocarme. Me bajé cuidadosamente mis vaqueros hasta las rodillas y comencé a acariciarme. Lorena volvió la cabeza lentamente hacia mí, me miró a los ojos y sonrió maliciosamente. Mientras tanto, fuera habían pasado a otras tareas. Él había subido a sus hombros a su pareja, de tal manera que la apoyó contra la palmera, quedando su vagina a la altura de su boca; comenzó a chupar ávidamente. Los gemidos de placer de la desconocida eran ya incontrolados y nos llegaban con total claridad al coche. Allí dentro no nos cruzábamos palabra, ya que era innecesario dados nuestros jadeos cada vez menos reprimidos. Lorena estaba comenzando a mover frenéticamente su mano entre sus pantalones, mientras que con la otra espachurraba e incluso pellizcaba con sadismo sus enormes pechos -Aaaaaaaaaah... Ummmmm... -gemía ella ya sin disimulo. La pareja cambió su faena; él la bajó de sus hombros, la colocó de espaldas contra la palmera, la levantó una pierna e introdujo sin ningún tipo de miramientos su descomunal aparato. Entró como un cuchillo en la mantequilla, sin resistencia, con enorme facilidad. Estaba claro que la excitación de la chica la hacía lubricar de forma incontrolada. Cuando sintió el pene dentro de si, lanzó un tremendo grito de placer. Eso hizo que Lorena y yo acelerásemos aún más si cabe nuestros movimientos. El mete-saca al que estaba sometiendo a su mano mi amiga era irrefrenable y salvaje. En un momento dado, incluso creí que sus cinco dedos iban a desaparecer por completo dentro de su pringoso chumino. Yo, por mi parte, introduje mi dedo corazón en mi ano a la vez que me masajeaba el clítoris. Las dos jadeábamos ya incontroladamente. El chico empezó a bombear su cintura con una potencia fuera de lo común; incluso a diez metros podíamos ver como ella ponía los ojos en blanco y gemía. Era increíble verlos: parecían animales en celo a los cuales les fuese la vida en copular. Oíamos con total claridad sus gritos de placer. Lorena hizo algo que me sorprendió, pillándome totalmente desprevenida. -Deja que te toque -dijo entrecortadamente mientras acercaba su mano a mi coño. Yo, medio sorprendida, medio muerta de placer, la dejé hacer y abrí mis piernas tanto como pude dada la postura. Lorena comenzó a friccionarme el clítoris salvajemente, sin reparo y con unos ojos de deseo que incluso producían miedo. -Acaríciame tú -me ordenó. -Sí. Le masajeé su vulva con total dedicación. Ella chorreaba fluidos del coño y su estado de excitación provocaba en mí un salimiento inigualable, así que cogí su mano y la intenté mover aún más rápidamente dentro de mi vagina. -Más... ¡maaaaaaaaaás! -la supliqué Su respuesta fue olvidarse por un momento de mi coño y metiendo dos de sus dedos perfectamente lubricados a través de mi esfínter. La imagen era tremenda: las dos completamente abiertas, lubricadas, salidas; una con sus dedos en el ano de la otra y la otra friccionando como una posesa el coño de su compañera. Fuera, la pareja estaba ya al borde del éxtasis. Él lanzaba auténticos alaridos, como si fuese un animal. Podíamos ver todos sus músculos trabajando con furia, buscando la única meta de que su enorme tranca se corriera. Y fue así como llegó el momento sublime: él sacó su poderosa polla y comenzó a soltar chorretones de una forma casi inhumana (acertó en la cara de ella, en su pecho, en su vientre, en su pelo...); la desconocida movió la cabeza convulsivamente mientras en su cara de placer se dibujaba una sonrisa desencajada por el orgasmo; Lorena agitó poderosamente su cintura intentando clavarse lo más posible en mis dedos mientras se corría gimiendo ostensiblemente; yo clavé todo lo que me fue posible mi culo en la mano de Lorena, dejando mi garganta completamente seca como consecuencia de mis jadeos y gritos. La pareja se abrochó sus ropas rápidamente y se escabulleron por el paseo marítimo como si nada hubiese pasado. Nosotras nos quedamos inmóviles, extenuadas, al menos durante cinco minutos. Nuestros coños chorreaban y habíamos pringado en cantidad los asientos delanteros del coche. Nuestros rostros estaban desencajados por el placer recibido. Tras pasar esos minutos, Lorena acercó sus labios a los míos y me propinó el beso más húmedo que jamás nadie me había dado. -Me encanta que el gilipollas de tu novio sea tan impuntual -me dijo- Creo que debieras dedicarle algo menos de tiempo a ese imbécil y algo más de tiempo a mí. Asentí como hipnotizada. Nunca había sentido tanto placer... Autor: jojome
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