Yolanda Insatisfecha La monotonía de su vida, la carencia tiempo para ellos y de espacio, el descuido de Jaime y su egoísmo, terminaron por matar las apetencias sexuales de Yolanda. Estudio leyes en la Universidad y ya desde antes de ingresar a la facultad era madre de dos niñas y esposa de un estudiante de arquitectura. Quedó embarazada la noche en que su novio del colegio la desvirgó en un parque en medio del susto y la incomodidad de los lugares públicos de la ciudad. Precipitado el matrimonio, la luna de miel de la pareja cargada de sexo libre fue ya bajo el embarazo por la octava semana. Demasiado joven para ser madre enfrentó las dificultades iniciales de la vida de mujer casada. Pocas semanas después del parto de su primera hija vino un segundo embarazo y un tercero cuando la hija mayor no cumplía aun el tercer año de nacida una nueva chica quien murió pocas horas después de nacer y entonces decidieron controlar la natalidad y concentrarse en la crianza de la pareja de hermanitas hijas de padres inmaduros y jóvenes. Por varios años Yolanda pasó limitada al pequeño departamento de estudiantes mientras su marido avanzaba los estudios de arquitectura y ella terminaba de presentar los exámenes para validar su educación secundaria con la ilusión de ingresar a la universidad a realizar estudios superiores. El sexo con su marido en general terminó por ser una mera mecánica carente de mayor interés. Y no por falta de actividad por la parte de su marido sino por el interés menguante de Yolanda quien se resignó a ser acosada en la cama o bajo la ducha o sencillamente sin preámbulos diferentes a levantar su falda en la cocina y penetrarla para su propia e inmediata satisfacción. La monotonía de su vida, la carencia tiempo para ellos y de espacio, el descuido de Jaime y su egoísmo, terminaron por matar las apetencias sexuales de Yolanda. Ella concentró sus energías en cuidar las hijas y al margen de sus quehaceres hogareños adelantar su preparación académica. Algunas veces durante el tiempo inicial de su vida en las residencias universitarias le resultó evidente los intereses de los compañeros de estudios de su marido por acercarse a ella; los encontró siempre tan inmaduros como su marido o por lo menos no atractivos para despertar en ella pasiones suficientes capaces de mover o explorar aventura alguna fuera de su rutina cargada de los fardos diarios. Al ingresar finalmente a la Universidad, para pagarse sus estudios, obtuvo un trabajo de medio tiempo como auxiliar en una institución de la Iglesia Católica. El sacerdote se convirtió en su confidente y director espiritual y muy pronto Yolanda empezó a ruborizarse al consentir en sus pensamientos rondando por los brazos del clérigo. Lo que nunca calculó, de sus fantasías en silencioso reservado, era la proximidad de una experiencia capaz de mover todo su andamiaje vital. Las conversaciones entre ellos incrementaron en cantidad y rondaron por los temas de su vida monótona al lado de su marido. Las conversaciones transcurrieron una tras otra y con alguna frecuencia el sacerdote dejaba escapar frases afectuosas capaces de estremecerla y no pocas veces manifestaciones cariñosas como tomarle la mano descuidadamente o poner sus manos sobre sus hombros agitándose imperceptiblemente, pensaba ella. Cada día su jefe incrementaba pequeños detalles capaces de hacerla sonrojar y se volvieron habituales los inofensivos acercamientos físicos cada vez más deseados y recibidos con gusto inconfensable. Con ocasión de un trabajo urgente Yolanda fue requerida para permanecer en el trabajo unas horas en la noche con la oferta del sacerdote de llevarla a su apartamento al concluir el documento requerido con urgencia con destino a una conferencia. Concentrados en el trabajo quedaron definitivamente solos en la oficina aquella noche. Yolanda avisó a su marido que llegaría con retardo por la urgencia de la oficina. Fueron cinco horas dedicadas aplicadamente al trabajo en el documento. El clérigo al salir de la oficina y dado lo avanzado de la hora, invitó a Yolanda a cenar antes de llegar a casa. Yolanda aceptó dubitativa ante la posibilidad de encontrar un lugar propicio para una aproximación física más cercana y una conversación muy fluida bajo un contexto diferente al de la oficina, siempre limitados por la presencia de otras personas. Durante el trayecto en búsqueda de un lugar apropiado para cenar, la conversación se dio en la continuidad del tema del trabajo y las condiciones de presión bajo las cuales terminó por ser un documento bastante bien logrado. Yolanda seguía la conversación con esfuerzo mientras su mente consentía con ardor la posibilidad de caer finalmente bajo los brazos del sacerdote. La estimulaba la oportunidad de un acercamiento mayor y la enloquecía la duda por la atracción despertada por el prohibido hombre célibe frente a su creciente deseo por él. Aquella misma mañana, en la cocina de su diminuto apartamento, había sido poseída por su marido con el ardor del amanecer y sin mayor satisfacción por su parte, salvo cuando cerró los ojos para pensar en su jefe poseyéndola y ella dejándose poseer por él. Yolanda definitivamente fabricaba una aventura con el jefe como había leído en las revistas de la peluquería y como intuía de Margarita con su jefe. Margarita era la secretaria privada del padre Joaquín el jefe de la oficina y no resultaba para ella ninguna secreto las miradas entre ellos y su frecuente retardo en salir para terminar los pendientes del día cosa que jamás sucedía en ausencia del padre Joaquín. Sospechaba, aunque nunca trató de confirmarlo, la existencia de una relación más allá de la meramente laboral entre ellos; presumía o deseaba saberlo para sentirse libre de invitar a ese hombre de quien sentía amor y comprensión. La cena transcurrió conversando de temas sin importancia y derivó como siempre en rededor de la problemática del matrimonio pesado y monótono, cargado de privaciones y falta de encantos, salvo la esperanza de una salida a través de la universidad y una cierta libertad económica derivada del trabajo. Al montarse en el auto terminada la cena deliberadamente no hizo gesto alguno para bajar la falda y en un gesto amable abrió la puerta del conductor sin dejar la posición estirada sobre el asiento de tal manera que rozo su cuerpo al subirse el sacerdote quien se encontró con su secretaria prácticamente dispuesta a colgarse del cuello del clérigo. La oscuridad y lo avanzado de la noche propiciaron la oportunidad seguramente deseada por el jefe con su secretaria. Sin darle tiempo y sin ella resistirse, el sacerdote abrazó a su secretaria y beso sus labios sedientos de conquista pasional. No perdió la oportunidad para besarlo con toda la pasión contenida y seguramente el primero beso satisfactorio en muchos años para ella y él desbordó la pasión seguramente contenida de tener una mujer entre sus brazos asi que mientras con un brazo aseguraba la cabeza de Yolanda con la mano izquierda exploraba sus piernas bajo la falda, primero los muslos arriba y abajo y pronto se metió por entre las piernas cruzadas de ella sin encontrar resistencia alguna hasta encontrar su tanga inundada de calor y de pasión a lo que Yolanda respondió buscando con su mano derecha el pene erecto del clérigo sobre sus pantalones. Yolanda supo desde ese momento la necesidad de seguir besándolo para que no tuviera tiempo de entrar en reatos de conciencia o en explicaciones sobre la castidad. Con habilidad abrió los pantalones del cura mientras él jugaba con sus dedos entre la tanga y sus labios inundados de placer y humedad. Casi desbordada con el contacto firme de los dedos del sacerdote en su sexo y con el pene entre sus manos en un acto felino de rapidez se inclino y se lo llevó a la boca con desbordada pasión mientras en medio de la incomodidad sintió como dos dedos del cura entraban por su vagina hasta el fondo en una violenta manipulación terminada rápidamente entre los gemidos del cura excitado con su verga completa atrapada por la boca de Yolanda, saco sus dedos de la concha y busco afanosamente por entre la blusa encontrar los senos y los pezones aun atrapados por el sujetador pero erguidos de placer y sintió como una gran mano del cura apretaba su cabeza para suspender o hacer mas cauta la chupada a la verga en crecimiento desbordado dentro de la boca de Yolanda. Ella apreció cuando el control terminaba y recibió el espasmo atronador de placer para empezar a derramarse en la boca de su secretaria. Dice Yolanda que nunca una verga se votó tan fuerte, al punto de producirle casi una arcada, y no se derramó realmente, la inundo caliente en medio de esa noche fría y ella se tragó hasta la ultima gota de aquel sacro semen. La conocía ya que trabajaba en la misma oficina y reparaba en su evidente insatisfacción y su irrenunciable ansiedad por el jefe y me refirió la historia la primera vez en un auto cuando salimos a hurtadillas una tarde a una reunión fuera de la oficina pero desviada a una hotel donde terminamos haciendo el amor como dos desenfrenados. Me aseguró que nunca se habló del tema con el sacerdote y nunca más se repitió un encuentro con él, lo que aumentó su insatisfacción como mujer. Llegó a pensar que ni para su marido ni para el director espiritual era una mujer deseable. Siempre quedó en su pendiente ir a una cama completamente desnuda con el sacerdote que la había aconsejado sobre como llevar a buen término su matrimonio. Cuando nos íbamos a hacer el amor siempre me refería sus experiencias para excitarme y debo confesar, lograba mucho de mi pasión para golpearle su conchita mientras me susurraba al oído lo insatisfecha de su relación con el marido y la frustración de no haber llevado a su cuca la verga del cura, aunque nunca más hombre alguno depositó en su garganta tanta leche caliente y eso lo absolvía de su recatada conducta ulterior. Siempre premié su historia diciendo de corazón acerca de su marido inepto para sacarle toda la fuerza capaz de trasmitir en un coito, y el volcán perdido por el cura por púdico y moralista. Realmente Yolanda era una hembra en celo cada vez con sus piernas abiertas y un pene golpeándola como a una gata herida. Años después la encontré de nuevo, ya en pleno ejercicio profesional, aun bajo el yugo del matrimonio e inevitablemente recordamos nuestra corta relación como amantes, al menos me reconoció haberla valorado como hembra deseable y sin duda sus aventuras de mujer confirmaron su ardentía insaciable en la cama. De nuevo terminamos nuestro encuentro en un hotel y pude comprobar su maestría en una mamada inolvidable, por lo menos tres veces sin dejarme respirar descanso alguno me hizo crecer en su boca con un ritmo casi musical. Mi leche salía entonces con fuerza al fondo de su garganta mientras me ensopaba con sus jugos. No quiso contarme detalles de sus aventuras pero me excitó mucho recordar mi papel de haberla descubierto como hembra. Doy fe. Autor: Henry Anin